


En el comienzo del mundo, no había luz y únicamente Nápiruli, el Creador, podía ver a través de la oscuridad. Primero creó a Dzuuli, su hermano menor. Luego vino la creación del hombre y de la mujer, seguida por la creación del mundo, de la luz, de la tierra, del agua, de las plantas y de los animales. Nápiruli creó semillas para cada planta: una de yuca, una de piña, una de caña de azúcar, y una de plátano. Entonces les enseñó a las mujeres cómo sembrar, cosechar y tejer el catumare, cesta mágica utilizada para recolectar y transportar los alimentos.
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La lengua baniwa pertenece a la familia linguística arahuaca, y está íntimamente relacionada con las de los bare, tsase, warekena y wakuénai, habladas por aproximadamente dos mil personas que se encuentran dispersas entre Venezuela, Colombia y Brasil.
Al igual que cualquier otro grupo étnico de la región del Río Negro, los baniwa han sufrido a consecuencia de la explotación cauchera que tuvo lugar a principios de este siglo.
Hoy en día, han disminuido en número y su cultura ha sido transformada. Los baniwa restantes viven en Maroa, la capital del departamento Casiquiare en el estado Amazonas de Venezuela, así como cerca del Caño Aquio y del Río Isana en Colombia. La violenta historia de esta región ha tenido como consecuencia la migración de los baniwa hacia San Fernando de Atabapo, a San Carlos de Río Negro, a Santa Rosa, a Puerto Ayacucho y al Río Xié en Brasil.
El progresivo abandono de la forma de vida tradicional ha provocado que los baniwa se hagan cada vez más dependientes de los productos industriales. Actualmente, compran de los criollos alimentos tradicionales como el mañoco y el casabe, generalmente a precios muy elevados.
Pero a pesar de que dichos alimentos conforman gran parte de su dieta alimenticia, los baniwa aún realizan actividades de subsistencia. La caza y la recolección de alimentos, al igual que la pesca, son llevados a cabo de acuerdo a los ciclos de lluvia y sequía. La mayoría de los niños acuden a escuelas criollas, lo cual dificulta la coordinación de tales actividades con el año escolar.
Para la caza de monos y pájaros como el tucán, los baniwa construyen cerbatanas, arcos y flechas con puntas de hueso. Dichos arcos y flechas también se emplean para la pesca, además de las nasas que se utilizan para atrapar a los peces.
Sin embargo, debido a la desaparición de sus costumbres, gran parte de su cultura material ha sido alterada. Aunque en el pasado fueron muy diestros en el arte de la cestería y la alfarería, muy poco de estos oficios, ha sido transmitido a las nuevas generaciones.
Las escasas familias que aún se dedican a la cestería fabrican esteras, guapas, sebucanes, mapires, catumares y sopladores; estos últimos son usados para avivar el fuego. Dichos objetos son hechos con fibras de tirite, mamure, moriche y cucurito.
Las fibras de chiquichique se usan para hacer pequeñas escobas que emplean para dispersar la harina de yuca cuando hacen el casabe. Por otro lado, aunque sí hilan algodón, los baniwa no fabrican sus propios chinchorros; prefieren adquirirlos en Colombia.
Entre los instrumentos musicales que aún tocan, se encuentran los pitos yupurutú, fabricados con el tallo de palma mabe, así como los bastones que usan para seguir el ritmo del baile durante el festival Dabacurí. Estos son golpeados contra el suelo para producir un sonido parecido al del tambor.
No obstante los procesos de aculturación y asimilación, los baniwa no han perdido del todo su antigua mitología. Su Creador Nápiruli (Iñápirrikúli) es una deidad que también es honrada por otros grupos arahuacos del sur venezolano y colombiano. El sistema de creencias de los baniwa tiene mucho en común con los de otros grupos tales como los tsase, los warekena, los wakuénai y los baré.
Al igual que los baré, los baniwa atribuyen a causas mágico-religiosas los cambios climáticos de humedad y frío que ocurren en el suroeste del estado Amazonas. Los aparo, hombres de poca altura que cargan los truenos y los relámpagos sobre sus espaldas, son los responsables del clima.
Los aparo son Mawali, es decir espíritus malignos. Estos pequeños hombres navegan las oscuras y turbulentas aguas de los ríos Guainía y Negro en minúsculas curiaras que no pueden ser vistas por los ojos humanos. De esta forma traen la lluvia, el viento y la neblina. Navegan los ríos durante la estación lluviosa y si acaso son vistos, voltean las curiaras de los humanos para hundir sus herramientas en el fondo del río.
A pesar del miedo que los aparo provocan a los baniwa, éstos siguen aventurándose hacia los ríos, tal como hicieron sus antepasados, en busca de alimentos.
Referencias
Oscar González Ñáñez, Orígenes del mundo según los baniva, Venezuela Misionera, Caracas, 1970.
Robin Michael Wright, "Lucha y Sobrevivivencia en el Noroeste de la Amazonia", América Indígena, Vol. XLIII (3), 1983, pp. 537 - 553.
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