


Después de la muerte, las almas de los shamanes de’áruwa viajan, por encima de las montañas, hacia el lugar de los vientos. Allí, inhalan yopo y cantan. Su garganta se convierte en flauta y conserva los cantos. Del aliento les mana un jaguar, de los ojos, avispas. Las almas de los hombres comunes regresan a su lugar originario. Allí, hermanos y hermanas tienen relaciones incestuosas sin progenitura.
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Los de’áruwa hablan una lengua que pertenece a la familia sáliva, aunque con gran influencia de términos arahuacos y caribes. En esa lengua, se llama de’áruwa a todos los seres vivientes que saben cómo vivir donde viven y hacerlo a gusto. Ellos se llaman De’áruwa porque saben nacer, vivir y morir en la selva. Son los “señores de la selva”.
Habitan en las cuencas de los ríos Puruname, Sipapo, Autana, Cuao, Guayapo, Samariapo, Cataniapo, Paria, Parguaza, el Alto Suapure, la cuenca inferior del Ventuari, el valle del Manapiare, cerca de Puerto Ayacucho, y el margen colombiano del Orinoco.
Los poblados de’áruwa están formados por varias casas comunales o churuatas. Aunque rudimentaria en apariencia, la churuata es una síntesis de perfección y funcionalidad.
Tiene forma de cúpula rebajada, y el techo termina en una punta cónica. El interior de la casa es una penumbra tibia, iluminada apenas por la luz de las antorchas. Su estructura es una compleja red de postes, vigas y ligamentos, que se rige por la ley de los anillos concéntricos.
Ninguna división separa los compartimentos familiares. Cada familia conoce el lugar que le toca y sabe donde colocar sus pertenencias, los chinchorros, el fogón. El área central puede ser utilizada libremente por todos los moradores. En ella se realizan los rituales y las tareas artesanales, y se alojan los huéspedes.
Hombres y mujeres de’áruwa visten guayucos hechos con el algodón que cultivan en los conucos. También usan plumas para adornarse el cuerpo, además de coronas, tocados, brazaletes y collares hechos con dientes de caimán o báquiro ensartados con plumas multicolores.
Los de’áruwa se pintan signos con sellos de madera que combinan diseños, formas y tamaños diversos. Consideran que llevan esos signos dentro del cuerpo. Son la representación gráfica de un saber adquirido con los años en complejas ceremonias. Los signos femeninos encierran a las mujeres en su destino de fertilidad y los masculinos someten a los hombres a los designios promisorios de la caza y a los poderes del canto shamánico.
Poseen un extenso conocimiento botánico. En sus ceremonias rituales inhalan sustancias alucinógenas, cuya preparación es muy cuidadosa. Cada shamán tiene su propia manera de hacerlas para lograr la mejor calidad posible.
El yopo y los utensilios destinados a su consumo se guardan en pequeñas cestas tejidas en forma de caja, llamadas petacas o yoperas, que contienen un mortero de madera con su mano de moler, el inhalador, la brocha para agrupar el polvo alucinógeno, un estuche de caracol, el peine y una pluma de paují con la que mantienen limpios los canales del inhalador.
El Warime es el rito más importante de los de'áruwa. Se trata de una ceremonia de fertilidad que se celebra cada tres años, durante la cual los báquiros, ancestros míticos, son atraídos desde sus zonas sagradas hasta su territorio.
Requiere de la fabricación de objetos sagrados como máscaras, instrumentos musicales y vestimentas. Una máscara corresponde al báquiro, otra tiene la forma del mono blanco y una tercera representa a Re'yo, espíritu maligno de la abeja.
Los instrumentos musicales de’áruwa imitan sonidos de los animales ancestrales. La wora, por ejemplo, es una flauta hecha de bambú que al ser tocada emite un sonido similar al rugido del jaguar. Otras flautas imitan el canto del tucán o el grito del mono aullador. Son objetos sagrados, pero también se fabrican hoy en día con fines comerciales.
La vida diaria de los de’áruwa gira alrededor de los conucos. Durante las lluvias, cultivan plátanos, batatas, caña, piña, algodón, y sobre todo yuca amarga — su principal producto agrícola. Cazan durante la sequía, usando cerbatanas con las que lanzan dardos envenenados con curare.
Los de’áruwa comen monos, cachicamos, chigüires y lapas, además de algunos reptiles, como la baba y el caimán, y una gran variedad de peces y pájaros. Pero se someten a una serie de restricciones alimenticias, y evitan la cacería del báquiro, su animal sagrado, y de piezas grandes, como el venado.
Recolectan frutas, insectos y serpientes. La recolección se lleva a cabo en expediciones donde participan, hombres, mujeres y niños. Al regreso de la faena, todo lo encontrado se distribuye equitativamente entre las familias que habitan la casa comunal.
En algunos poblados de’áruwa donde prevalece un alto grado de cooperación en el grupo, los individuos gozan de libertad para elegir sus actividades. Por ejemplo, un hombre no está obligado a cazar si prefiere quedarse en casa fabricando una cesta.
La cestería es una práctica utilitaria para los de’áruwa. Fabrican catumares, mapires, sebucanes y guapas.
Como en otros grupos indígenas de la región, la alfarería ha desaparecido por el uso cada vez mayor de recipientes de aluminio o plástico. Sin embargo, en la región del Alto Cuao los de’áruwa producen algunas ollas y otros recipientes de barro que se usan para almacenar alimentos y líquidos.
Referencias
Lajos Boglár, Wahari. Eine südamerikanische Urwaldkultur, Leipzig/Weimar, 1982.
Pablo Anduze, Bajo el signo de Mawari, Imprenta Nacional, Caracas, 1973.
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