


Cuentan que los shamanes hotï pueden matar con solo soplar desde lejos. Cuando se les provoca, dispersan por el aire un polvo mágico, llamado madúa, que causa enfermedades. Este polvo también los protege contra los animales peligrosos en la selva. El shamán hotï puede, así mismo, curar. Las sesiones curativas se hacen en completo silencio, sin entonación de cantos o toque de maracas, y sin usar tabaco u otras sustancias mágicas.
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La palabra más cercana para traducir hotï es "hombre". La lengua hotï no ha podido incluirse en ninguna de las grandes familias lingüísticas de América. Algunos autores la relacionan con el de’aruwa y el sáliva. Otros han observado similitudes con los sistemas vocálicos y la nasalización del yanomami.
Poco se conoce de la historia de este pueblo. Su aislamiento parece estar relacionado con las dificultades de comunicación fluvial, que impidieron la penetración de los criollos a su territorio a pesar de que en la primera mitad de este siglo se explotó pendare, balatá, chicle y sarrapia en la región.
Su territorio, una región selvática situada en el noroeste del Escudo Guayanés, en la cuenca media-superior del Orinoco, limita al norte con el río Kaima, al este con la Serranía de Maigualida, al sur con el río Asita y el caño Majagua, y al oeste con los ríos Parucito y Cuchivero.
Los hotï habitan pequeños poblados de una a cuatro viviendas. Son de carácter provisional, pues las familias suelen desplazarse dentro de un mismo territorio, sobre todo en la estación seca. Los grupos están integrados por una o varias familias unidas por lazos de parentesco y que comparten un asentamiento y un territorio común.
La familia nuclear suele ocupar una sola vivienda, y cuando se trata de una casa comunal, cada familia posee un espacio limitado en el cual colocan sus pertenencias personales, los chinchorros y el fogón. Cada una es autónoma en lo que respecta a la obtención de alimentos y la preparación de comidas.
En lo que se refiere a su cultura material, han tomado muchos rasgos de sus vecinos e’ñepa. Sus viviendas, chinchorros de algodón, utensilios de cocina, instrumentos musicales, cestería, vestidos y adornos son muy parecidos a los de los e’ñepa.
Se adornan con collares hechos con semillas secas, pezuñas de danta, picos y huesos finos de algunas aves. Suelen perforarse los lóbulos de las orejas y colocarse en ellos una sección de bambú o un hueso de báquiro o de mono. Además, se pintan el cuerpo con onoto y otras resinas vegetales.
Cultivan e hilan algodón con el cual tejen chinchorros y guayucos. El cultivo e hilado es tarea de ambos sexos, aunque las mujeres a menudo se hacen cargo de esta labor. Para tejer los chinchorros, hilan cuerdas de tres cabos que tiñen con onoto. El rústico telar consta de dos postes verticales colocados a una distancia de metro y medio, longitud aproximada del chinchorro.
Hasta hace poco los hotï vivían desnudos. Comenzaron a usar guayuco por influencia e’ñepa. El masculino es rectangular y se amarra en la cadera, mientras el femenino apenas cubre el pubis. Por lo general, lo tejen de algodón, pero también usan otras fibras. Al igual que los e’ñepa, los varones sostienen el guayuco con una tira tejida con cabello. Los niños se atan una cinta de algodón alrededor de la cadera. Los adultos también usan tiras de algodón o cabello en las muñecas, piernas y tobillos.
La cerámica hotï es similar a la e’ñepa. El cuerpo de las vasijas se forma superponiendo anillos de arcilla, que se alisan con un pedazo de tapara. Las vasijas se dejan secar, y luego se queman en hogueras al aire libre. Usan también calabazas y taparas como recipientes y utensilios de cocina.
Los hotï tejen una amplia variedad de cestas, canastos de carga y sopladores para avivar el fuego con fibra de tirite y usando la técnica de tejido de sarga. Con palma, tejen finas esteras, y también guayares, unas cestas de forma rectangular entrelazadas toscamente que se desechan después de ser usadas.
Referencias
Virginia Guarisma Pinto y Walter Coppens, "Vocabulario Hoti", Antropológica 49, 1978, pp. 3 - 28.
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