Aunque se les conoce también como maquiritare, de’cuana, mainongkong o mayongong, este pueblo se llama a sí mismo ye’kuana, que significa "gente de curiara", de ye, “madera”, cu, “agua”, y ana, “gente”.
Su talento para la navegación permitió a los ye’kuana establecerse en un amplio territorio fluvial. Habitan las orillas y los márgenes de una serie de ríos tributarios del Orinoco que abarcan unos 30,000 kilómetros cuadrados del territorio actual de los Estados Bolívar y Amazonas.
El contacto de los ye’kuana con los europeos en el Alto Orinoco se produjo relativamente tarde en la historia de la conquista de la América española, a partir de la segunda mitad del siglo dieciocho. A la par de la colonización, se inició la exploración científica, y gran parte del conocimiento más antiguo de que disponemos sobre los ye’kuana proviene directa e indirectamente de estos contactos colonizadores y científicos.
Para los ye’kuana la cultura material está estrechamente vinculada a la vida sagrada. Los utensilios que usan para la navegación, la caza y la pesca, la agricultura o los rituales, también son expresión de su compleja organización social.
Aparte de su obvio significado práctico, la construcción de la casa comunal, llamada atta, tiene un significado sagrado. En el pasado, la construcción del atta era una experiencia ritual que las familias extensas ye’kuana celebraban con comida, bebida y música. Los atta son circulares y de techo cónico y, vistos a la distancia, parecen una gran cesta cubierta de hojas de palma tejidas.
El espacio del atta está íntimamente relacionado con la estructura del cosmos. Vincula la tierra con el mundo superior y con el inframundo. Edificar un atta equivale simbólicamente a volver a crear la gran casa cósmica, como lo hizo Wanadi, el Creador.
Cada elemento de la construcción representa un elemento cósmico: por ejemplo, el pilar central es el árbol de la vida que une los tres mundos, las vigas que sostienen el techo se llaman “estelares”, y el horcón que las mantiene unidas tiene siempre la misma orientación y se llama “la vía láctea”.
La madera que se usa es la del dahaak, el árbol sagrado, y cada atta tiene un espacio central y una puerta que da hacia el oriente. Antiguamente, según la creencia de que cada nuevo día es un triunfo de la deidad del sol, se realizaba una ceremonia al amanecer – que ahora sólo se conserva en la memoria de los más ancianos – acompañada de danzas y de la música de las trompetas sagradas.
Los ye’kuanas son excelentes tejedores de cestas. Las guapa son cestas que se fabrican, como el atta, desde el centro hacia los bordes. Los diseños varían según el tejedor, pero siempre se caracterizan por una geometría compleja. Algunos representan animales sagrados como la anaconda, el mono, los picures, los báquiros o la rana, que aparecen como personajes en sus mitos
Los ye’kuanas han comerciado con sus cestas desde el siglo dieciocho. Hoy en día venden y distribuyen directamente sus propios productos. La cestería es por lo general una ocupación masculina, pero las mujeres ye’kuana también han convertido las wuwa, las cestas de carga tradicionalmente tejidas por ellas y cuya forma semeja un reloj de arena, en una artesanía comercial de gran calidad estética.
Además de las que hacen para el comercio, los ye’kuana usan diversos tipos de cestas para la preparación y el consumo de la yuca amarga, alimento básico de su dieta. Las mujeres cargan la yuca desde los conucos en catumares. Después de rallarla, la pulpa obtenida se prensa en un sebucán para extraerle el líquido venenoso. Por último, y antes de ir al fuego, la harina se cierne en un manare.
Otros objetos de cestería son los estuches llamados petacas, los sopladores para avivar el fuego o voltear la torta de casabe, las nasas para atrapar peces.
Desde niños, los hombres aprenden a tejer, observando a los mayores. Primero aprenden a reconocer los materiales que se usan y luego a preparar los tintes. Tejen sus primeras cestas como por juego, pero bajo el cuidado de los adultos. Las técnicas y los diseños que requieren de mayor experiencia, los van aprendiendo a lo largo de la vida.
Las fibras usadas para la cestería no siempre se consiguen en zonas aledañas. Cada fibra se escoge según la función de la cesta. El sebucán, por ejemplo, se hace con fibras lo suficientemente fuertes para aguantar el peso de la pulpa de la yuca amarga y poder exprimirla.
Otro objeto vinculado a la preparación de la yuca amarga es el rallador. Su fabricación tradicional requiere un largo proceso, ya que se tienen que incrustar pequeñas astillas de piedra puntiagudas en una tabla preparada para ello, según un refinado dibujo geométrico. Las astillas se fijan a la superficie de madera con una resina negra llamada peramán. Los extremos de la superficie son luego decorados con dibujos rojos y negros.
Anteriormente, los ralladores ye’kuana eran una mercancía de gran valor distribuida en toda la región. Hoy en día, la técnica suele ser más rudimentaria y algunas veces se usa hojalata en vez de astillas de piedra.
La dieta ye’kuana es variada. Además del alimento principal que es la yuca, los ye'kuana atrapan pájaros como el paují y el tucán, cuyas plumas se usan también como adorno. Cazan una gran variedad de mamíferos y peces con arcos, flechas y cerbatanas, y también pescan con barbasco, planta narcótica que adormece a los peces. Recolectan una gran variedad de frutas y plantas, así como miel y algunas larvas de insectos que se comen crudas o cocinadas.
El trabajo se divide según el género. A los hombres les corresponde todo lo que pertenece al mundo sagrado, así como cazar, pescar, desbrozar los conucos, construir las curiaras, las casas y fabricar las cestas y los objetos ceremoniales.
Las mujeres desempeñan un papel económico y simbólico importante. Relacionadas con la fertilidad, realizan un intenso trabajo físico, pues se dedican a la siembra, a todas las tareas destinadas a mantener la productividad de los conucos y a transportar las grandes cestas con los productos de la cosecha.
Presente en todos los aspectos de la vida, el sentido estético de los ye’kuana se evidencia también en el adorno del cuerpo, incluyendo el cuidado del pelo. En el pasado, hombres y mujeres se depilaban o se afeitaban con navajas de bambú, las cejas, las pestañas, las axilas, el vello púbico y la barba. Se adornaban los lóbulos de las orejas con zarcillos de metal y con grandes piezas de bambú con plumas de colores.
Un importante adorno ceremonial masculino es el ansa, un murciélago sagrado tallado en madera, del cual penden tucanes disecados. Se usa sobre la espalda en combinación con un collar de dientes de pecarí. Entre los objetos rituales están también los bancos, maracas y bastones sonajeros de los shamanes. Estos objetos, que antes representaban exclusivamente el poder shamánico, se fabrican ahora también con fines comerciales.
Para el rito de iniciación que marca el paso de las niñas a la adolescencia, las mujeres fabrican el muwaaju, un guayuco tejido con hilos de algodón y cuentas de cristal de color rojo, azul y blanco. Con un telar rudimentario o una estructura simple de madera, tejen también chinchorros y guanepes, bandas de tela usadas para cargar a los niños pequeños.
La fabricación de las curiaras tiene una importancia central para los ye’kuana. Su identidad y su modo de vida está muy ligado al sistema fluvial. La curiara se fabrica con el tronco de un árbol gigantesco. Una vez talado el árbol apropiado, el interior del tronco se vacía hasta obtener la forma oval característica. La parte exterior se lija y se pule con hachas de metal y machetes, hasta que el casco esté completamente liso y parejo.
El interior de la curiara se ensancha dilatando la madera con fuego. Poco a poco, en un proceso lento y minucioso, se van quemando pequeñas partes, en las cuales se encajan piezas de madera para evitar que se estreche al enfriarse. Luego se colocan asientos de tablas, y está lista para ser lanzada al río. Los remos que impulsan la curiara se tallan en madera dura. Algunas veces se decoran con dibujos rojos y negros.
Cuando las curiaras han cumplido su vida útil como embarcaciones, se usan para almacenar la pulpa fresca de la yuca rallada, para lavar la ropa, o para almacenar las bebidas fermentadas que se consumen durante las fiestas y rituales. Paso a paso, la curiara vuelve a la naturaleza, y completa su ciclo de vida.
Referencias
Daniel de Barandiarán, "Actividades vitales de subsistencia de los Indios Yekuana o Makiritare", Antropológica 11, Caracas, 1962, pp. 1-29.
Daniel de Barandiarán, "El Habitado entre los Indios Yekuana", Antropológica 16, pp. 1 - 95.
Marc de Civrieux, Watuna: Mitología makiritare, (2ª edición), Monte Avila Editores, Caracas,1992.
David M. Guss, Tejer y Cantar (trad cast.), Monte Avila Editores, Caracas, 1994.
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